
Camino por mi cuarto disolviendo mis rodillas, enrojeciéndolas, acomodando mis manos en la manía de tu piel gigante. En la alfombra invento un charco con tu savia.
Bajo mi boca, y te lamo mientras bosteza la luna.
Erguida, escucho el latido de un corazón, el tuyo, que juega con el placer de mi diminuto desorden que con sus garras me devora autorizando hasta el más mínimo de mis deseos.
Te devoro en el reverso de tu ombligo mientras me como hasta la última de tus vértebras rompiendo el silencio de mi cama, que transpira. Transpiro.
La luna me observa y ruge en un placer que comienza a envidiar. Mientras me mira saborea la noche que no pensaba compartir con nosotras.
Un golpe inquieto en la puerta de mi habitación deja que me despierte. Tu voz se transforma en vos y dejo de soñar para tenerte, como siempre.
La luna medita por un instante, se regocija, y decide juguetear con nosotras en este momento verdadero.
Jugar de a tres, como más nos gusta.
