Karo exhibe dulzuras a cada instante, las maneja sin treta alguna, las suaviza. Una tarde sin precintos escribió esto, quién sabe para quién... .
En nuestra habitación se anuncia la mañana, despierto cuando sales de la ducha cubierta con la toalla. No sabes que te observo, y te sientas en la orilla de la cama dejando deslizar suavemente la toalla hasta tu cintura. Tu pelo húmedo se pega a tus contornos casi tan intensamente como mi mirada. Los lunares de tu espalda parecieran mirarme y sonreír felices ante mi deslumbramiento. Hay luz en tu piel y magia en ese instante en que te das vuelta y dejando caer la toalla te cruzas de brazos y piernas y me miras complacida. - Buen día mi amor! Yo no puedo articular palabra y sólo sonrío. Sigues ahí, mirándome, desafiándome. El lunar debajo de tu rodilla derecha suelta una risita nerviosa cuando una de tus manos se desliza unos milímetros y me deja contemplar un trocito de la gloria de tu pecho. Me miras, se exaltan mis sentidos, y como gata salvaje mido la distancia entre tu cuerpo y mi cuerpo. Me sonríes, tu lengua asoma entre tus labios y los acaricia, algo cambia en el aire. Mi corazón desbocado estalla y salgo en tu búsqueda. Simulas querer escapar y luchamos dulcemente, - Tú ganas cariño - susurro en tu oído mientras me devoras con tus besos.
entre mi ropa interior encontré algo de geheugen y sin permiso lo suavizo en mis labios, en mi lápiz, en su voz quieta... .
 Apenas abre el sol el horizonte pero sus ojos no han amanecido y para mí es de noche. Tengo en la piel sabores y perfumes robados de abrazo de su cuerpo.
Soy apenas suspiro entre sus brazos, y al abrigo caliente de sus piernas, un temblor, un silencio emocionado, soy el sol del invierno.
No se qué desear… que sus ojos cerrados a la luz de este día día sueñen conmigo siendo así perfecta, o que se abran sus párpados felinos y vean. Que su boca se quede así callada y yo siga deseándole los besos, o que sonría dormida todavía mitad mujer y ángel, y besándola al fin, sienta muy dentro que su boca, más que mar es un puerto.
un regalo de Lucía .
Soledad y Laura .
 Soledad y Laura: en marzo cumplen tres años juntas. Se conocieron chateando. “¡Cuándo no!”, podrán decir algunas. Pero vale aclarar que no lo hicieron en una de esas salas en que la búsqueda de sexo puede encararse bajo seudónimos tan poco sugerentes como “la más lechuda” (sic) o “perra casada” (basta entrar a cualquier sala de chicas para extraer, cual objets trouvés, ejemplos de una larga lista que incluye nombres más discretos como “Mamá46bi” o extravagancias del tipo “GayBuskNoviaLesbiana”), sino en una de esas aburridas salas de trivias en las que uno se mete a contestar preguntas y a poner a prueba su cultura general porque anda desvelado y no enganchó ninguna película en el cable. Así, entre preguntas mortales como “¿quién fue el segundo hombre en llegar a la luna?” o “¿qué longitud tiene la prueba del maratón?”, Laura y Soledad empezaron a charlar hasta que el moderador amenazó con echarlas, ya que conversar iba en contra de las reglas generales de esa sala. Pero ahí mismo ellas intercambiaron sus direcciones de msn y se quedaron hablando hasta bien entrada la madrugada. Y si bien Soledad, a la cuarta o quinta línea, le dijo que era gay, Laura acusó recibo bastante más tarde. “Yo había tenido una sola experiencia homosexual, así como al pasar, y me consideraba heterosexual. Pero después, con el transcurrir de los días, cuando empezamos a hablar y a conocernos más, empecé a sentir la necesidad de verla y de saber cómo estaba. Cada vez que me metía al msn, lo primero que hacía era fijarme si su nombrecito aparecía conectado.” Y ya que toda historia de amor muchas veces se forja y robustece gracias a los obstáculos que le salen al paso, vale decir que la instancia cibernética del idilio que en un principio ninguna se atrevió a confesarle a la otra no se debió a la timidez o a la fobia social de alguna de las dos sino al hecho de que Laura vivía en San Nicolás y Soledad en Villa Celina, partido de La Matanza. “Nos conocimos en marzo de 2006, unos meses antes había muerto mi papá, y yo andaba bajoneada, y un día le dije que me quería ir a un lugar donde no hubiera nada. Ni televisión, ni teléfono, ni radio, ni turistas, nada”, cuenta Soledad. “Y entonces me dijo: ‘¿Y qué te parece Pergamino?’ ‘¿Pero qué hay en Pergamino?’ ‘Nada. ¿No querías un lugar donde no hubiera nada?’ Y así quedamos en encontrarnos, supuestamente un punto intermedio para las dos, aunque yo terminé viajando cuatro horas y media y ella cuarenta minutos apenas.” A lo que Laura agrega, luego de jurar y perjurar que el error de cálculo no fue a propósito: “Cada una, en su interior, se moría de ganas por conocer a la otra. Y ese sábado fuimos a comer, anduvimos paseando, y cuando llegó la hora de irnos y estábamos a punto de sacar los pasajes, Soledad me dijo: ‘¿Y si nos quedamos a dormir?’ A todo esto, todavía no había pasado nada: habíamos ido a un laguito, nos sentamos ahí, pero ninguna se había animado a dar el primer paso. Y le dije que sí, más allá de que al otro día entraba a laburar a las 2 de la tarde en un local de videojuegos donde era cajera. Nos fuimos a un hotel que estaba a una cuadra de la terminal y nos dieron una habitación con dos camitas: tampoco daba para andar pidiendo una cama doble cuando todavía no nos habíamos dado ni siquiera un beso”. Al otro día se levantaron y cada una regresó a casa con la firme intención de volver a verse. Y mientras Soledad terminaba en Villa Celina con una noviecita que había conocido unas semanas antes, Laura le decía a su madre que era bisexual “para suavizar la noticia”. Así empezaron los viajes periódicos de Laura a Buenos Aires, que fueron apuntalando una relación que lidiaba con el escollo de la distancia. “Nos conocimos en persona un 24 de marzo, y la próxima vez que nos vimos fue para Pascua. Laura después empezó a viajar cada quince o veinte días, y a los seis meses nos compramos los anillos y decidimos que se venía para Buenos Aires.” “Las despedidas eran terribles”, apunta Laura. “Yo venía un viernes y me iba un domingo o un lunes. Y ese domingo o ese lunes eran muy angustiantes. Cada vez que íbamos a Retiro decíamos cuándo sería el día en que por fin no tuviera que ir allí para despedirme sino para ir a San Nicolás a visitar a mi familia. Para colmo, nos despedíamos con un abrazo y un beso en el cachete, pensando que podía haber algún conocido que si nos veía en la estación podía contarle a mi mamá que su hija estaba en Retiro a los besos con una mina.” Soledad y Laura cumplen tres años de relación en marzo, y ya llevan más de dos conviviendo. Y si ya están planeando tener un hijo con el aporte paternal de su mejor amigo gay es porque a la vida se la imaginan juntas. “Yo supe que quería estar con Soledad cuando me di cuenta de que era una persona con la que podía hablar durante cinco horas sin aburrirme. Eso fue lo que más me gustó de ella: saber que si el día de mañana llegamos a los 70 años y no tenemos otra cosa para hacer más que conversar, vamos a disfrutar de hacernos compañía.”
Guillermina, una amiga ilegítima de Ernesto, escribió esto mientras soñaba con una nueva ley de medios audiovisuales . (hueco-deseo-soledad) .
Para Edith las palabras de Ana fueron cristales clavados en su corazón. Hace un mes, ninguna de las dos sabía de la existencia de la otra y sin embargo, ambas tenían un hueco reservado en su corazón alistado para su llegada. El corazón de Edith cantaba soles y deshojaba flores, el corazón de Ana curtía pieles y añejaba olores. Ninguna de las dos supo a ciencia cierta quién llegó primero, quién dejó el primer comentario, quién contestó de vuelta, simplemente su comunicación se tornó fluida con el paso del tiempo. Sin darse cuenta se necesitaron y empezaron a sentirse como una misma. Se pensaban al despertar y en las horas inciertas, en las madrugadas frías y en los húmedos sueños, anhelaban el contacto de sus pieles cuando las ganas despertaron sus sexos e imaginaban sus labios en un beso eterno. Fugaces y ansiosas se entregaron sin reservas en un juego de pasiones que, aunque lejos la una de la otra, les otorgaba un calor misericordioso aunque disímil, las dos jugaban diferente, Edith al amor y Ana al deseo pero por complacerse, ambas pretendieron no enterarse. La que apostaba al amor se destapó insensible guiada por la lujuria de sus deseos y, la que libidinosa se pensaba su corazón arropó de suaves velos. Edith y Ana se conocieron una tarde fría de noviembre frente a la entrada principal de algún edificio del centro, caminaron por las calles sin rumbo fijo, se sentaron en el primer café que les abrió las puertas y hablaron largo y tendido. Sin proponérselo, los miércoles fueron testigos, siempre a la misma hora y en el mismo café hasta que un día se dijeron lo que no se había dicho y se callaron lo que debieron haber hablado... Ahora las dos caminan solas, sin los miércoles, sin el café y sin la otra, y el corazón, sus corazones sin un hueco vacío.
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